Los origenes de lo simbólico
LAS PINTADERAS: EL SÍMBOLO QUE PERMANECE
Desde que el ser humano tomó conciencia de su propia fragilidad y comprendió que algún día desaparecería del mundo que lo rodeaba, comenzó, quizá sin saberlo, una de las grandes aventuras de nuestra especie: la búsqueda de la trascendencia.
Antes de que existieran los libros, las fotografías o los monumentos, el ser humano ya había aprendido a dejar señales de su paso. Dibujó sobre las paredes de las cuevas, grabó signos en la piedra, modeló objetos, creó amuletos y convirtió determinadas formas en símbolos capaces de sobrevivir a quien los había creado.
Era como si dijera:
«Yo estuve aquí.»
Las pintaderas canarias pertenecen a ese misterioso universo de los símbolos.
Estos pequeños objetos, generalmente realizados en barro y decorados con motivos geométricos, constituyen uno de los elementos más singulares de la cultura de los antiguos habitantes de las islas Canarias. Sin embargo, a pesar de los estudios arqueológicos realizados, no conocemos con absoluta certeza cuál fue su finalidad original ni qué significado tenían para quienes las fabricaron y utilizaron.
Se han planteado diferentes posibilidades. Pudieron estar relacionadas con la identificación o pertenencia a un grupo, con la ornamentación corporal o con la aplicación de determinados diseños sobre diferentes superficies. También se ha propuesto que algunos de estos signos pudieran tener un carácter simbólico o ritual.
Y quizá sea precisamente ese misterio lo que las hace todavía más fascinantes.
Porque una pintadera no es solamente un objeto.
Es una forma que ha sobrevivido a la persona que la creó.
Su geometría —círculos, líneas, triángulos, formas entrelazadas— parece hablarnos desde un tiempo del que apenas conservamos la voz. No sabemos exactamente qué pensaba aquel hombre o aquella mujer cuando dibujaba el signo. No sabemos qué historia representaba para ellos. Pero sabemos algo extraordinario: quisieron reproducir una forma y hacer que esa forma permaneciera.
Incluso el espacio podía convertirse en símbolo.
En algunas cuevas y espacios habitacionales aparecen motivos pintados o grabados que transformaban las paredes en superficies cargadas de significado. El lugar dejaba entonces de ser únicamente un refugio. Se convertía también en un espacio donde la comunidad podía reconocerse.
El símbolo creaba pertenencia.
Y esa necesidad parece haber sobrevivido al paso de los siglos.
Hoy las pintaderas canarias vuelven a aparecer reproducidas, especialmente en joyería, convertidas en colgantes, pendientes, pulseras o pequeñas piezas realizadas en plata y oro. Han cambiado los materiales, ha cambiado la sociedad y también ha cambiado nuestra manera de interpretar el mundo.
Pero el símbolo permanece.
Cuando alguien lleva actualmente una pintadera sobre su cuerpo, puede hacerlo por motivos estéticos, por amor a Canarias, por identificación con su tierra o por una conexión personal con la cultura de las islas.
Quizá, sin saberlo, está repitiendo un gesto muy antiguo.
Llevar sobre el cuerpo un signo que dice: pertenezco.
Y aquí aparece una de las preguntas que atraviesan la historia de la Humanidad:
¿Por qué necesitamos dejar marcas?
¿Por qué dibujamos, grabamos, construimos, conservamos fotografías, escribimos nombres y convertimos determinados objetos en símbolos?
Tal vez porque sabemos que nuestra vida es breve.
El individuo desaparece, pero busca que algo de él permanezca.
Una palabra.
Una imagen.
Una piedra.
Un objeto.
Un símbolo.
Una pintadera.
Y cuando miles de años después alguien encuentra aquella pequeña pieza de barro y se pregunta qué quiso decir quien la creó, se produce algo extraordinario:
el símbolo ha conseguido vencer al tiempo.
Ya no conocemos al hombre o a la mujer que lo hizo.
Pero seguimos hablando con ellos.
El ser humano ha buscado siempre materiales capaces de sobrevivirle: primero la piedra, después el metal, y finalmente convirtió ambos en símbolos.