Pulsera de Lapislázuli con fornitura y broche de plata.
En las manos de los antiguos orfebres de Mesopotamia, entre las rutas comerciales que atravesaban montañas y desiertos, el lapislázuli viajó desde tierras lejanas llevando consigo algo mucho más valioso que la riqueza.
Fue símbolo de poder.
Fue utilizado como pigmento para resaltar la mirada de los faraones y como materia para crear objetos destinados a acompañar a los poderosos. Fue símbolo de belleza y de esa conexión que el ser humano ha buscado siempre entre lo terrenal y lo celestial.
Su intenso azul parecía contener algo que no pertenecía del todo a este mundo.
Muchos siglos después, grandes pintores supieron extraer de él todo su potencial expresivo. Convertido en polvo, el lapislázuli dio origen al extraordinario pigmento conocido como azul ultramar, un color reservado durante siglos para las obras más importantes y, en muchas ocasiones, para representar aquello que se consideraba sagrado.
La piedra había cambiado de forma, pero no había perdido su identidad.
Había pasado de las montañas a las manos del minero; de allí a las del artesano, y del artesano a las del pintor.
Hoy vuelve a transformarse.
Tallado y pulido, engarzado en oro o plata, el lapislázuli continúa convirtiéndose en joyas que pueden acompañar a una persona durante toda su vida y, quizá, pasar después a las manos de otra generación.
Y así, una piedra que nació hace millones de años continúa escribiendo su historia.
Primero fue parte de la Tierra.
Después fue objeto de poder, pigmento, símbolo y obra de arte.
Hoy puede convertirse en una joya.
La naturaleza creó el lapislázuli.
El ser humano le dio nuevas formas de existir.
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